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Autoestima
Autoestima  
10.09.2017
Geni Lombardero
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Cada proceso de duelo es diferente y debemos escucharnos para descubrir nuestro camino de re-organización interna. Sentir la pérdida, expresarla y ser complaciente con las propias necesidades es, en esta etapa, una prioridad. En mi proceso hay una evidente necesidad de orden que se manifesta exteriormente. Muevo, saco, tiro, pinto, limpio.. Mi foco de atención se posa en armarios, cajones, estantes de libros, cestillos con gomas del pelo, los cubiertos o sacar punta a los lápices de colores… convirtiéndolos en un poderoso bálsamo para curar mi herida.  Reconozco que tengo una asombrosa capacidad para bucear amablemente en el desorden porque convierto cualquier espacio en confusión en muy poco tiempo. Afortunadamente esta habilidad va acompañada de una rara “disposición sincrónica” y lo que necesito siempre aparece cuando es preciso. Ya sean las hadas, los elfos, extraña suerte o el universo que se reestructura con el pensamiento, las cosas están ahí cuando las busco. Sin embargo ahora valoro la inmediatez. Los revoltijos caseros suelen estar llenos de recuerdos, a veces rodeados por soledad de hondos silencios y van apareciendo para tenerlos al alcance, observarlos y permitir que se disipen. Si pretendemos mantenerlos escondidos en las profundidades surgen como una parte sombría para atemorizarnos con su persecución. Cuando los  fantasmas de la memoria se liberan llega la serenidad que permite ver el presente como un regalo que hay que agradecer. El estado sostenido de bienestar lo da estar en paz con todas las experiencias del pasado para verlas  con el filtro del aprendizaje.  p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Helvetica} p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Helvetica; min-height: 14.0px} Desde la confianza en este aprendizaje comparto memorias.
03.09.2017
Geni Lombardero
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La creatividad parida desde la imaginación, la inventiva y el ingenio...a favor de la excusa. ¿VOY? -Hoy no puede ser, se me hace tarde.-Estoy acompañado y después sin compañía.-Voy en el metro y luego me subo al patinete.-En este instante vuelo a Tenerife, mañana a la luna y la semana que viene parto hacia Plutón.-No puedo perder un momento contigo porque el tiempo se me cae por los agujeros de los bolsillos. ¿PUEDES VENIR?-Hoy se me complica.-Estoy ocupado sin hacer nada.-El punto de cruz me reclama.-He comenzado, just now, la meditación Vipassana.-Me siento mareado y sin vigor.-Tengo la sonrisa triste, la estoy intentando arreglar.-Brillo hacia otra dirección y vibro en otra frecuencia.-Tengo una llamada en espera desde ayer.¿QUIERES COMPAÑÍA?-Buff!! hoy no va poder ser!!-Tres son multitud.-Tengo partida de mus.-Ya la llevo puesta, gracias.-¿Para...?-Puedo pensarlo un día o dos? Ya te aviso con lo que sea.-Me quedan tres misterios del rosario, el acto de contrición y la señal de la cruz. ¿QUEDAMOS?-¿Este año?-Ahora hace frío y después tendré calor.-No vas muy rápido para tanta lentitud.-Había hecho planes con mis tortugas.-Estoy en ejercicios espirituales.-Lo siento, tengo la urgente necesidad de pelar las lentejas.¿QUÉ NECESITAS DE MÍ?-Distancia. - Es una ligera sensación pero…creo que son evasivas!!
27.08.2017
Geni Lombardero
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Cuando desaparece una pieza en el juego del ajedrez, todas las demás se recolocan para continuar. Lo mismo ocurre en el juego del gran tablero donde los sistemas se acomodan, se mueven y se reajustan para seguir la partida. Mi familia está una etapa de cambios, de subidas y bajadas, rodeados de la confusión que precede al orden. Desde este caos transformador observo a mis hijas cuando se enfadan, parece un momento eterno pero es sorprendente como lo sueltan y pasan a otra emoción. Nunca están enfadadas por “lo que hiciste ayer”, no quedan enredadas en el rencor ni rumian constantemente pensamientos que les crean ansiedad. Eso que los adultos hacemos con tanta facilidad, fermentamos lo que sentimos hasta convertirlo en un chucrut emocional.  Gritos, llantos, portazos, amenazas…explosiones a las que resulta difícil no reaccionar desde un enfado adulto que ponga fin al asunto con la razón que parece dar la edad, el tamaño y el poder. Cuando acepto que ellas manifiestan así sus cambios vitales, mi mirada se hace más comprensiva, me permite ver  el valor y la entrega que hay detrás. Sus arrebatos, también los míos, muestran unas profundas ganas de vivir; cómo quieren poner limites ante la invasión de su espacio personal por circunstancias que desconocen, cómo tratan de resolver conflictos internos creando nuevas reglas para recuperar el equilibrio. Lo que piden con sus disgustos no es que busque al culpable o la razón, sino que las acompañe en su sensación de pérdida, de ruptura y tránsito hacia adelante. Todas sus expresiones tratan de liberar la energía paralizadora del miedo para llevarla a una acción prudente, porque todas las emociones están nutridas por el mismo combustible valioso. Es la vida quien las sustenta. Las acompaño mientras sigo aprendiendo en esta labor de alfabetización emocional. Puedo ocuparme de lo que es evidente pero únicamente puedo estar presente ante lo que es más incómodo y menos obvio para mí. Trato de construir nuestro vínculo desde el afecto libre de juicio, confiando en su proceso de crecimiento que es el mío. Así que aparto las expectativas de madre, los juegos manipuladores, para amar tanto sus capacidades como sus limitaciones, para tejer lazos que unan pero que no aten, para que se sientan independientes y seguras. Y todo esto que parece un gran espacio, sólo dura el instante suficiente de Atención Consciente. p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Helvetica} p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Helvetica; min-height: 14.0px} Atención es amor, desde ahí lo escribo.  Girl on Ladder with Hearts by Silke LEFFLER
08.07.2017
Geni Lombardero
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No es necesario comprender la muerte, basta con acompañarla. Lo mismo sucede con la vida y lo que en ella acontece.  Todas las explicaciones, construcciones de la mente racional, dificultan acercarnos a ella. En una sociedad que valora desmedidamente la ciencia y la razón, acercarse a la muerte es una amenaza que produce inseguridad, soledad y miedo. ¿Para que hacerlo? Formamos grupos individualistas en que los vínculos sociales son débiles y con pobres relaciones afectivas así que la muerte se aleja de la vista, su vivencia se oculta a pesar de ser cotidiana. El afecto se coloca en un lugar secundario, para dejar paso a lo procedimientos profesionales, tecnológicos o burocráticos donde el corazón se suprime para conservar la coraza.  Mi familia ha tenido la suerte, en este tránsito para mi hija Ángela, de compartir sentimientos y solidaridad. En el camino observo como acercarse a cualquier duelo supone para muchas personas un recordatorio de lo temido, de tristeza no admitida y duelos propios no resueltos. Frases rápidas, miradas evasivas, nervios, lágrimas que asoman o quieren aflorar pero no se les permite,…angustia ante la muerte.  Somos seres inadaptados porque no existe verdad más absoluta que la unión del principio con el fin en este juego de escena. Creamos una lucha constante de la que siempre salimos perdedores.  Una de las frases de consuelo que más he oído ha sido: “Ahora hay que seguir luchando". Reconozco cierta resistencia en un primer momento ante los cambios importantes pero bailar con la vida es algo más amable y compasivo conmigo misma que mantenerme en un combate tras otro. Así que hago evidente cada día la realidad de la perdida, acepto mis sentimientos y bordo un nuevo camino amoroso que reestructura el sistema familiar, hasta que otro gran cambio suceda.  ¿Para qué relacionarse con el gran tabú? Para despojarlo de prejuicios. Para relativizar, atravesar el dolor, hablar sobre ello, expresar, compartir, dejar ir y crecer. La muerte es el último paso en lo impermanente de la vida, donde no importan las posesiones, la profesión, el cuerpo o la intención. Donde únicamente lo esencial queda para abrazarlo.  Desde el amor, así es. p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Helvetica} p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Helvetica; min-height: 14.0px}
08.05.2017
Geni Lombardero
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Sigo aprendiendo mientras gano en madurez y en observación. Estar en contacto con la infancia es acercarse a la curiosidad y la sorpresa, eso que parece haberse dormido en el adulto pero que se despierta por el contagio, si lo permitimos.  Cuando le presto atención a la creatividad infantil, a cómo se perciben cercanos e iguales, a la facilidad que tienen para aceptarse y a su ilusión, me cuestiono bastante la idoneidad del adulto como evolución.  Escucho decir con frecuencia que la vida no es justa. Efectivamente, la vida no se basa en la justicia, ni a quien favorece. Cosmos significa armonía y eso es hacia lo que tienden los organismos como sistemas, hacia el equilibrio. Una celebración infantil, como el cumpleaños de una de mis hijas, es buen momento para ver como las diferencias entre los niños y niñas se armonizan, se acompasan y dan respuestas a las necesidades del todo que forman; alejándose mucho, aunque no lo parezca, del caos.  Los ojos infantiles miran desde la sencillez, hacen que las cosas sean fáciles porque no se rigen por la razón sino por la emoción de una manera limpia. Por eso el resentimiento no es producto infantil porque el enfado o la rabia llegan y más temprano que tarde desaparecen, sin cocerse ni requemarse. Los grupos de gente menuda son representación de la realidad social adulta pero con más inteligencia emocional. No se dejan llevar fácilmente por lo que dicen los demás, se hacen amigos sin esfuerzo y sin importar el idioma; desanimarse es un verbo casi desconocido porque siempre hay alguien que incita a probar otra opción; aprenden con el error lo que les conviene hacer y sobre todo, aprovechan cualquier oportunidad para lucir su ingenio. ¿Qué es una caja de cartón para ellos o la arena, piedras, barro...? Puede ser cualquier cosa. ¡Cualquiera! Cuando los niños y niñas aprenden, les gusta compartir lo que saben. A los de más edad les encanta mostrar sus destrezas y cómo las hacen, mientras que los menores observan con mucho interés. No hay soberbia, sólo generosidad por una parte y afán por otra. Nadie se siente amenazado por el saber ajeno porque supone una fuente de la que beber. Son grandes maestros unos de otros, que se respetan. Es admirable. Una celebración de cumpleaños que me ha permitido nuevamente ver como cada carácter aporta, siempre para enriquecer. Algunos planifican, otros toman las decisiones, los hay que son más intuitivos y se equilibran con quienes aportan reflexión. Unos contribuyen con fuerza y  energía, otros con calma y resistencia a la presión. Algunos con la alegría porque les gusta que todo vaya bien. Hay quienes prestan mucha atención al detalle y aquellos que dan soluciones acertadas desde la abstracción. Entre ellos expresan sus necesidades, desde lo que son, sin dobleces. Son capaces de unir intereses y también saberse independientes.  Forman un grupo de únicos e irrepetibles. Cada uno aportando, desde esa unicidad, abundancia de fortalezas porque nadie se siente especial.  Cuánto tenemos “los crecidos” que aprender, con la ventaja de saber dónde podemos encontrar la solución. Ese niño/a nunca se ha ido, no se marchó, únicamente lo hemos revestido de una, cada vez más gruesa, coraza.  Felicidades Daniela, mi amor. Para que crezcas por fuera, alimentando lo de dentro. p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Helvetica} p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Helvetica; min-height: 14.0px}
26.03.2017
Geni Lombardero
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Practico la aceptación, es cierto, no me viene dado de serie. Ante cualquier contrariedad en la vida, la asumo como un camino para aprender. Tal vez pueda resolver y entonces es fantástico, o tal vez no y toca crecer. Iba a cruzar la calle cuando vi a una persona conocida en la acera contraria y otra que arrancaba con su coche a mi derecha. La que estaba de pie enfrente le dijo a la que comenzaba a conducir, señalando hacia mí: -¡Atropéllala, total, es tan positiva que le dará igual! No diría tanto. Seguramente ante ese supuesto, habría pensado que era una fatalidad en un primer momento, para reubicarme y concluir que todo ocurre para algo.  Soy consciente y reconozco la realidad sin necesidad del aplauso o la sonrisa ante visiones dramáticas. Practico la consciencia y eso no me libra del llanto o la tristeza como parte de recibir las cosas tal y como son. Cuando toca contraerme, lo hago porque soy vulnerable y eso, lejos de hacerme débil, es fortaleza para sentir. Las emociones poco gratas cuando no se las mira a los ojos, se esconden en las entrañas y se retroalimentan hasta salir convertidas en verdaderos monstruos Alien que, como él, minan el estómago u otras partes del cuerpo (también monstruos me salen pero ahora su existencia es más corta)  Ser consciente es ver todo lo que ocurre: el malestar, la pérdida, la enfermedad, el abandono, la imposibilidad, la renuncia, la carencia, la muerte…la existencia de límites. Reconozco todo ello y sé que nada sé, así que lo admito y abrazo. Siento lo poco agradable como tal y no me siento mal por sentirme mal. Veo que sólo es un estado temporal que desaparece cuando se acoge lo que hay. Sí, es algo sorprendente, sin embargo así es: en cuanto me siento enfrente de la situación, esa “en desacuerdo con mis expectativas”, el padecer desaparece.  Para muchas personas, inclinarse por esta actitud ante cualquier experiencia suena falso y artificial, sin embargo lo es tanto como la perpetua negatividad a la que estamos acostumbrados. Inmersos en ella durante tanto tiempo que no nos percatamos que nos acompaña desde las noticias mañaneras, en las que mojamos el café, hasta el último pestañeo antes de dormir.  Cualquier lucha es de por sí, agotadora y más cuando se considera a la realidad como adversario. Cuando se toma este contrincante, la derrota está garantizada y la vida ofrece para ello, un combate tras otro. Yo decidí en su momento bailar con la vida y cada día ensayo la danza. Así, sin juzgar la situación, sea lo que sea, la mente está preparada para encontrar soluciones porque este enfoque genera fuerza interior. No me dejo atrapar por la apariencia externa y considero que todo es lo que tiene que ocurrir porque así está siendo. Sigo este camino y lo muestro a quien decide aprender.  p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Helvetica} p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Helvetica; min-height: 14.0px}
05.02.2017
Geni Lombardero
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Sólo aprendemos con la experiencia, así es y añadiría yo, desde la honestidad. Honestidad para reconocer lo que hay debajo o detrás. Detrás del tener, debajo del hacer, donde está el sentir. Es ahí donde se encuentran las respuestas, si queremos encontrarlas, detrás del victimismo y debajo de la excusa. Utilizamos muchas justificaciones para alejarnos de lo que nos ayuda, caemos en la autonegligencia cuando más necesitamos arroparnos. No estoy libre, por supuesto. Lo he hecho y me descubro en ello, a pesar de practicar la atención y ser consciente de la trampa. Cuando, colocándome en un papel derrotista, veo la vida como un montón de catástrofes girando a mi alrededor, aparece la sensación de malestar y por supuesto la queja. Entonces alguien se acerca con una posible alternativa y automáticamente:-¡Uf, qué va! Yo no tengo tiempo para eso.  ¿Realmente es así? Si buceo en la respuesta tal vez encuentro la honesta realidad de no concederme el tiempo necesario para lo que realmente me sirve, me ayuda o me aporta. Ser una víctima es muy cómodo porque evita mi responsabilidad de poder hacer algo al respecto. Cuando de manera sincera conmigo, me priorizo y planteo mejorar la situación, siempre aparece el tiempo necesario, tal vez no la totalidad pero sí el suficiente para revertir esa desesperanza. Si pongo mi bienestar en zona preferente, la agenda se flexibiliza, las horas se alargan o aparece la persona adecuada que facilita el camino. Así es y aquí incluyo poner como disculpa a mi familia, regalándoles generosamente esa culpa por tener que dedicarme a ellos. Desde mi opción personal sé que yo elijo ocuparme de ellos o escojo dedicarme a mí pero siempre tomando la responsabilidad. Conozco la necesidad de priorizarme para dar calidad a mis cuidados porque no es posible amar desde la carencia. Cuando me empeño en ser superior al tiempo y me invade la autoexigencia:  - ¡Todo lo tengo que hacer yo!.  Un lamento que me conecta directamente con el empeño en no pedir ayuda y con quitarles poder a quienes pueden hacer perfectamente las mismas funciones. María Montessori decía que hacer por alguien aquello de lo que él mismo es capaz, significa limitar su crecimiento. Nada más lejos de mí intención que impedir cualquier desarrollo así que, como un navegador, me re-oriento. Cuando utilizo la excusa entre las excusas:  -¡No tengo dinero! ¡Es demasiado caro!Tal vez podría añadir: ...para emplearlo en mí. Tengo la seguridad de poder prescindir de la gran mayoría de cosas  que veo a mi alrededor y también sé que es importante invertir en crecer por dentro. Ante este argumento del ego me cuestiono: ¿Cuánto vale lo verdaderamente significativo para mí?  Lo que quiero decir cuando alguno de estos pretextos, u otros parecidos, salen por mi boca, es que alinear lo que siento, pienso, digo y hago requiere de un continuo abrir la cremallera de mi corazón para descubrir la claridad, integridad y compromiso conmigo misma. p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 18.0px Helvetica} p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 18.0px Helvetica; min-height: 22.0px} p.p3 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Helvetica; min-height: 14.0px} ¿Tu corazón tiene cremallera?
18.01.2017
Geni Lombardero
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“Tengo una vida penosa y estoy desesperado porque no encuentro satisfacción en nada. Todo parece irles tan bien a los demás…” Frases parecidas a éstas se escuchan en un mundo con más de siete mil millones de personas, donde muchas padecen un enorme sufrimiento y son presas de la frustración al sentirse atormentadas por la soledad.  Hoy en día las relaciones con los demás son permanentes, las redes sociales y sus diversas vías de comunicación hacen que ésta sea hiper-ilimitada e incluso invasiva. Hay comunicación o al menos formas variadas que la facilitan, pero ¿hay calidad y vínculo?  Existe un gran escaparate virtual al borde de un enorme abismo y aparece un movimiento en zigzag desde la necesidad imperiosa a sentirse amado hasta el requisito obligado de independencia, sin dar tiempo a profundizar en relaciones de fusión, siendo estas cada vez más efímeras. Nos movemos confusamente desde la dependencia adictiva a la idílica libertad. ¿Solo en grupo o verdaderamente solo? ¿Soledad elegida o soledad compartida? ¿Exclusión obligada o abandono de lo social? Tristeza o aburrimiento están dentro de ese refugio solitario, pero no son equivalentes. Cuanto sentimos el tedio o la melancolía llenamos nuestro espacio vital de actividad, palabras, movimiento y agitación. Por eso padres y madres ven poco grato que sus hijos estén sin hacer nada o que los niños digan que se aburren, cuando el aburrimiento es la madre del ingenio y un pequeño/a sumergido en la inactividad siempre gesta una salida creativa, si le concedemos tiempo. Nos da miedo el silencio (sólo tenemos que observar las miradas nerviosas en un  ascensor vacío de conversaciones), lo consideramos atemorizante y sin embargo es en ese espacio donde aparece nuestra propia compañía, dónde están las innegables respuestas personales. Existe una soledad muy nutritiva que está lejos de la depresión o del aburrimiento y que propicia el crecimiento…interior ¡claro está!. Estar solo no tiene porque significar aislamiento y puede ser sinónimo de enriquecimiento ya que no depende de otros, depende del ánimo interior.  Las personas tendemos a agruparnos, somos gregario-emocionales para llenar el vacío interior que nunca es colmado con frivolidades. Sin embargo, siendo nuestros amigos más cercanos desde que nacemos hasta que morimos ¿cómo nos relacionamos con nosotros mismos? Nuestra soledad está siempre acompañada, es permanente, absoluta y cultivar un espacio de amistad con uno mismo sirve, para eso precisamente, para llegar a serlo.  Cuando las personas tienen una buena relación con el silencio y con su interior, todo es considerado entretenido y ameno. No hace falta hacer nada o cualquier cosa está bien: leer, fantasear, escuchar música, respirar el instante. Todo es suficiente. El sonido constante es algo cotidiano; la televisión, la radio, la música o el tráfico hacen más ligero el peso de la soledad y crean una impresión de acompañamiento cuando el propio no ha sido cultivado. El equilibrio interior se manifiesta fuera y la vacuidad también. Hay una realidad inherente al propio ser humano que no es mirada y llama su atención sobre  el empuje que viene de dentro porque no es necesario un acto externo para vivir.  La negatividad asociada a la soledad es algo creado de manera artificial. La soledad no existe, la soledad se siente cuando hay desconexión; cuando hay una desesperada necesidad de uno mismo, así que es prioritario reconciliarnos, regalarnos un vínculo de calidad y calidez para luego compartirlo, si así lo decidimos, con los demás.  Escucharnos para escuchar. Amarnos para amar. p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Helvetica} p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 12.0px Helvetica; min-height: 14.0px}
21.12.2016
Geni Lombardero
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Quiero agradecer y reconocerte la labor que llevas haciendo tanto años. Puede que estés cansado de intentar trasformar la nostalgia, la desgana, los conflictos, los recuerdos, las ofensas y ausencias que te mostramos. Tal vez te sientas solo, aunque estés rodeado de tanto elfo, reno y acompañado por tu esposa. Supongo que llevar las riendas de tu imperio lúdico tiene que ser un tremendo esfuerzo aunque te ayude la experiencia de la edad.  Nos acordamos de ti en estas fechas pero cuando no estás viajando en el trineo-exprés provees de la avena necesaria para las gachas de los elfos, ajustas la nariz de Rudolf que se desnivela continuamente, entrenas para la gran carrera nocturna de Navidad, te encargas de adaptar la velocidad y limarles las pezuñas a tus animales, observas a los peques, administras sus listas, diseñas juguetes, empaquetas, revisas el vehículo, escribes tarjetas, vas al gimnasio…y además guardas celosamente el secreto de dónde haces todo esto. Gracias, gracias, gracias por leer las cartas, esforzarte por darle a cada uno lo que necesita, mostrar lo que merece la pena, mantener la magia, hacer sonreír, crear sorpresa, generar expectativas, sembrar alegría, recibir ilusión y devolver siempre, siempre, amor.  Gracias por preparar la Noche con tanto esmero y ayudar a crear este fantástico juego festivo.  Esperamos tu visita con Atención. Recibe un gran abrazo.
10.12.2016
Geni Lombardero
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Andando, viendo, viviendo y preguntando-nos. Las respuestas siempre se encuentran en el corazón con sus fases cambiantes, como la luna. Cuando somos pequeños nos dejamos atravesar por lo que haya, sin cuestionarnos si esa situación es perjudicial o no. Nadie está preparado para hacer frente a situaciones físicas o emocionalmente traumáticas, dependemos de que el adulto o la figura de referencia nos ayude a sostenerlas. Si esto no ocurre así, las inhibimos, las guardamos debajo de nuestra alfombra personal como defensa. Simplemente vivimos sumergidos en el caldo de cultivo que nos toca, aprendiendo por inmersión. Pasan los años y en la pubertad comenzamos  a creer que la felicidad llega con un cambio exterior o lejano. Es por eso que estamos en una continua transformación de nuestra imagen y aparecen los “seré feliz cuando”…para descubrir que si se alcanza esa cumbre o el objeto de deseo la felicidad se desvanece, lo conseguido se vuelve habitual y aparecen nuevas ansias. En la juventud ya hemos visto que la felicidad no se obtiene con las cosas. Entonces se vuelve la mirada hacia el interior y aparece la idea de que seré más feliz si me cambio a mí mismo. Si soy más organizado todo estará mejor, si soy más sociable o tal vez más proactivo, si soy…pero cambiarse a uno mismo no es tan fácil, hay muchas resistencias y autosabotajes.  El mundo interno tiene vida propia, no somos dueños de los pensamientos y emociones que escapan al pretendido control. Nos identificamos con lo que creemos que somos e inconscientemente volvemos a lo de siempre aunque no nos esté haciendo felices.  Tal vez llega el momento maduro de pedir ayuda para cambiar y se comienza un camino de autodescubrimiento guiado. Si hasta aquí hemos llegado, es cuando se empieza a reconocer cuan alargada es nuestra sombra y que no se puede batallar contra una parte, aquella que no gusta. Hay que integrar el caos y el orden, un lado hace crecer y otro menguar como decía Alicia la maravillosa, no hay puntos fuertes sin sus contrarios. Intentar eliminar lo que se considera negativo, hace que aparezca con más fuerza.  Es entonces cuando comienza a aparecer la estabilidad y que las cosas marchan a favor. A partir de este momento se afronta la vida de manera más serena, con más valentía y superando los miedos. Ya se entiende que no somos algo que se alcance con el esfuerzo sino algo que se descubre dentro. No hay nada que incomode hasta el punto querer evitarlo. Es cuando se puede observar con perspectiva y soltar aquello que sobra y hace sentir mal.  Diferentes etapas que van creando la voz infantil, la adolescente, la joven y la adulta, hasta llegar a la sabia. Todas están y permanecen siempre en cada persona, aparecen por una razón y para decirnos algo. Tal vez ahora, en Navidad. ¿Cuáles reconoces en ti? ¿Susurran o gritan? ¿Qué te dicen? ¿Qué te  piden?  ¿Qué te sobra? p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: center; font: 18.0px Helvetica} p.p2 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: center; font: 18.0px Helvetica; min-height: 22.0px} p.p3 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 18.0px Helvetica; min-height: 22.0px} p.p4 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; font: 18.0px Helvetica}

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